La misión de vida

La misión de vida
Por Alicia Sánchez Montalbán

Frecuentemente sentimos que nuestra vida carece de algo importante, que a pesar de haber conseguido grandes logros o llegar a la meta que supuestamente debíamos alcanzar, hay algo que se nos escapa y nos preguntamos por qué. Por qué, si he cumplido el guión, no siento alegría ni ilusión. Por qué noto un vacío en mi interior. Por qué me atrapa la tristeza cuando menos me lo espero…
Todas esas preguntas hallan respuesta en el corazón, el lugar donde reside el alma. El alma es ese ente de luz que todos llevamos dentro. Un ser inmortal, que vida tras vida vuelve a la Tierra para experimentar, evolucionar y ayudar a la evolución del conjunto. Cada vez que encarna lo hace con un objetivo, que incluye superar algunas pruebas, proporcionárselas a otros y crear algo nuevo en este planeta. Ese algo nuevo recibe el nombre de la misión de vida, la labor que el alma viene a desempeñar. En muchas ocasiones, esa labor consiste en realizar algo que ya existe, aportando una nueva visión, una nueva perspectiva más cercana a la energía del amor que ahora fluye hacia la Tierra.
Nos encontramos inmersos en un gran cambio. La Era de Acuario nos demuestra que las soluciones antiguas ya no nos sirven, que hacen falta nuevas propuestas. Esas propuestas están en el alma de cada ser humano. Cada uno de nosotros porta en su interior la solución a uno o a varios de los conflictos ante los que hoy se encuentra la humanidad. Nuevas maneras de gobernar, de educar, de sanar, de relacionarse. Nuevos sistemas económicos, tecnologías más respetuosas con las personas y con el planeta, entre otras muchas cosas.

La verdad de la vida se encuentra en el alma; no, en la mente, y mucho menos en la mente colectiva, porque ésta última alberga las creencias antiguas que nos atan al pasado, a lo que ya no es y se marcha. La conciencia colectiva es el gran handicap a superar en estos tiempos, para poder acceder al plan de vida de cada persona.
Hay que ir más allá de lo que nos permiten nuestras mentes, para acceder al maravilloso universo de posibilidades que nos ofrece el alma. En sus códigos de luz se hallan las respuestas que andamos buscando. Ella guarda toda la información de nuestras vidas anteriores y de la actual. Puede mostrarnos quiénes somos en verdad y para qué hemos venido, pero para eso tenemos que escucharla.

Escuchar al alma no resulta fácil si nos concentramos en lo que se debe hacer, en lo que es aconsejable o apropiado o en la opinión ajena. Escuchar al alma resulta inmensamente fácil si nos atrevemos a observar lo que sentimos. Una emoción elevada, como la alegría o el entusiasmo, nos muestra con claridad el camino. Una emoción como la tristeza o la apatía nos indica que hemos errado el rumbo. El alma muestra desgana para indicarnos que no es eso lo que ella viene a hacer en este mundo. Si acudimos al psicólogo o al psiquiatra para que nos quite la desgana y aceptamos tomarnos algún medicamento que la disuelva nos estaremos apartando aún más de nuestro propio camino, porque los medicamentos que anulan esas sensaciones, en realidad, inhiben el SENTIR. Es decir, nos apartan de las emociones. De todas, de las agradables y de las desagradables. Si el alma se comunica con nosotros a través de ellas, ¿cómo vamos a saber cuál es nuestro propio camino sin sentirlas?

Tomar medicamentos para no estar triste o deprimido inhibe también la creatividad y ésta última es la expresión de la voz del alma. ¿Cómo vamos a crear lo nuevo que hemos venido a crear si hemos anulado en nosotros mismos esa magnífica capacidad, por medio de un fármaco?

Existen otras soluciones. La mejor medicina es hacerle caso a lo que nos pide el corazón. Atrevernos a dar pasos adelante, pasos de valentía, para poder manifestar el plan de vida de nuestras almas.

Hay muchas señales que nos pueden ayudar a identificar nuestra misión de vida, además de las sensaciones que nos muestra el alma. Entre ellas se encuentran nuestras capacidades, aquellos dones naturales con los que hemos nacido: lo que nos resulta fácil y con lo que disfrutamos muchísimo cada vez que nos disponemos a desarrollarlo. Por ejemplo, cantar, escribir, pintar, o cualquier otra capacidad no artística. También están las sincronicidades, esas casualidades que suceden y se repiten para que nos demos cuenta del camino.

El universo mueve los hilos constantemente para que recuperemos el rumbo y nos ofrece pistas y señales que llegan en forma de mensajes, personas u oportunidades. De nosotros depende prestarles atención o dejar que pasen.

La misión de nuestras vidas nos busca constantemente y es la que de verdad nos permitirá recuperar la paz interna y la alegría. Sólo tenemos que detenernos a observar lo que nos muestra la vida y lo que nosotros sentimos para, luego, dar los pasos de valentía que sean necesarios.

Podemos ayudarte a escuchar a tu alma con estas dos iniciativas:  


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