Cómo es la vida después de la vida

Cómo es la vida después de la vida
Por Alicia Sánchez Montalbán

Solemos creer que al morir todo se acaba, que la luz se apaga, y nos imbuimos en una oscuridad opaca, donde no tenemos ni cuerpo, ni conciencia, ni energía. Pero sabemos bien que hay una voz interna que nos sugiere que, tal vez, eso no sea así; que puede que haya algo que se nos escapa, algo más, una esperanza de vida eterna que le daría sentido a todo lo que hoy no comprendemos.  
¿Qué sentido tiene nacer para crecer, reproducirse y morir, si luego todo queda en nada? ¿Quién ha movido los hilos de la existencia? ¿ Para qué nuestro cuerpo es tan perfecto y nuestro cerebro tan capaz? ¿Quién o qué nos ha creado? Y, si no nos han creado, ¿cuál es nuestro origen? ¿De dónde hemos salido?

La humanidad ha buscado las respuestas a estas preguntas desde el principio de los tiempos. Millones de personas creen que tenemos un alma y profesan distintas religiones que se basan en la inmortalidad del ser, aquel que somos más allá del cuerpo físico. Se ha dicho que las religiones se basan en el miedo y que se han utilizado a lo largo de la historia como instrumento de control, y puede que todo eso sea cierto. Sin embargo, ¿por qué todas confluyen en el mismo punto? La vida no se acaba después de morir. Y sobre todo, ¿por qué tantas personas creen en eso?  

La respuesta fácil es que nos aferramos a esa esperanza para que le dé sentido a nuestras vidas. Sin embargo, yo me pregunto ¿de verdad somos tan simples? ¿De verdad el ser humano, con su gran inteligencia y su sensibilidad, se mueve sólo por la ilusión de que sea cierto algo que no es real? ¿No será que, más allá de la forma que adopte, el mensaje resuena en millones de corazones, porque es la verdad? ¿No será que aquellos que niegan la existencia del alma y de la vida después de la muerte, lo hacen porque sienten miedo de que eso sea verdad?

Si tenemos un alma y la vida no se acaba al morir, muchas de las creencias en las que se sustenta nuestra sociedad tendrían que caer y derrumbarse. Muchísimas. Eso representaría abandonar la comodidad egoísta en la que nos hemos instalado, comprendiendo que todos somos iguales y merecemos lo mismo; que no existe superioridad ni inferioridad; que vivimos experiencias evolutivas y que todos hemos partido del mismo lugar y volveremos a él al morir.   

En ese lugar tendré que mirar de frente al que dañé o al que me dañó a mí y yo odié. Tendré que hacerme cargo del efecto causado por mis creaciones y decidirme a repararlo, si dañé. Sentiré lo que el otro sintió. Comprenderé lo que en vida no comprendí. Me daré cuenta de la inutilidad de mi afán de poseer, porque nada de lo que conseguí sigue a mi lado. Todo quedó allí, en la vida física en la que ya no existo.

Seguiré viviendo eternamente, experimentando una y otra vez en planos diferentes de la realidad; navegando entre las frecuencias del amor, unas veces más lejos de la luz, otras más cerca. Todo lo que aprenda quedará en mí, todo lo que experimente me acompañará. No podré olvidar que una vez fui alguien que actuó sólo por amor, o alguien que actuó desde la desconexión, provocando sufrimiento y dolor. Los recuerdos me acompañaran para nutrirme y mostrarme el camino de la Luz, la senda de regreso a casa. Sólo con amor accedo a ella. Sólo con amor me fundo con mi verdadera esencia.  

Aceptar esto implicaría decidirme a generar un gran cambio en mí. Un cambio que empezaría en el interior, en las creencias, y tendría que llevarse a la materia: transformar mi forma de vivir y de ver el mundo, decidirme a escuchar a mi corazón y a hacerle caso. Todos tenemos uno. A todos nos habla. El alma habita en él y nunca se calla, porque tiene un objetivo que cumplir y va a por él incansablemente.

Ese inmenso cambio me enfrentaría a mis temores más antiguos. Requeriría de una gran fuerza de voluntad y también de un gran valor. No todos están dispuestos a llevarlo acabo. Es mejor negar que la vida existe más allá de la muerte. Es mejor seguir aferrado a lo conocido, a la comodidad que estanca. Es mejor cerrar los ojos y mirar hacia otro lado…  

Sin embargo, el día en que cerremos los ojos para no volver a abrirlos en este mismo cuerpo, percibiremos la realidad que existe más allá de él, y entonces no nos quedará más remedio que claudicar. Las reglas del juego habrán cambiado: el pensamiento nos dirigirá de una manera tan rápida y fulminante que apenas tendremos tiempo para decidir. Volar hacia la luz o quedarnos aferrados a la materia, que ya no es nuestra realidad.

Muchas almas, al salir del cuerpo, se quedan atrapadas en la realidad intermedia que existe entre la Tierra y la Luz. Sus conciencias las atan a ella, mientras intentan recuperar lo que se perdió. La conciencia es energía y sigue viva, representando el personaje que experimentó en vida o fusionándose con el alma, para volver a la Luz. En el primer caso, el alma debe quedarse, hasta que la conciencia se entregue a la fusión con ella. Se generan así situaciones de estancamiento evolutivo que causan un gran sufrimiento, tanto a sus protagonistas como a las personas que esas conciencias acompañan.  

La única vía certera para resolver estas situaciones, disolviendo el estancamiento y ayudando a la fusión de la conciencia con el alma, es el amor. El amor, la compasión, el respeto, la comprensión e incluso la alegría. Un cóctel de frecuencias elevadas que genera un efecto impactante en los seres que se hallan en esa situación.

Únicamente los seres humanos encarnados podemos ayudarles, pero hemos aprendido a mirar hacia otro lado, a negarlos o a huir.  
Si quieres saber más sobre este tema o abrir tu corazón para ayudar, perdiendo el miedo que, tal vez, en el pasado te atrapó, te esperamos en el próximo curso REGRESO A LA LUZ.
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