Lo que aprendí al amarme a mí misma

Lo que aprendí al amarme a mí misma
Por Alicia Sánchez Montalbán

Aprendí a respetarme. Frecuentemente cuestionaba todo lo que surgía de mí: emociones, pensamientos, deseos, ideas, sueños… Creía que debía cumplir el guión, ser una niña buena, hacer feliz a mis padres. Ellos eligieron mi carrera y al hombre con el que me casé. Evidentemente, la última palabra la tuve yo, pero mis decisiones bailaban al ritmo de sus creencias. Es normal. Yo les amaba y les amo. Confiaba en ellos más que en mí. Sus opiniones eran mis cimientos, y sobre ellas crecí.

Cuando me di cuenta de que había construido mi mundo sobre una base ajena, me sentí incapaz de derribarla. Era tan grande que abrumaba. Habían pasado muchos años y sucedido muchas cosas. Existían otras personas implicadas, que probablemente sufrirían, si yo decidía destruir lo construido y empezar de nuevo. El miedo y la culpa me paralizaron.
Pedí ayuda a Dios, pero nada sucedió. Mientras seguía pasando el tiempo, mi inseguridad crecía y también, mi desolación. El conformismo inicial se convirtió en angustia, luego en rabia y al final en apatía. Mi cuerpo comenzó a manifestar lo que yo estaba sintiendo y me quedé sin defensas. Constantemente enfermaba. La idea del suicidio pasó por mi cabeza varias veces. 

Un día murió mi mejor amiga y el castillo que yo había construido, olvidándome de mí, empezó a temblar. Fue como si le hubieran quitado una pared maestra o un pilar fundamental. Los trozos caían sobre mi cabeza, generando un efecto despertador.
Inmersa en el dolor de su pérdida me di cuenta de que ya no podía más, porque no podía sola en realidad. Ya no existía nadie con quien desahogarme. Ya no podía recurrir a ella para que me sostuviera. Ahora tenía que sostenerme yo, y yo no tenía fuerzas, ni me sentía capaz.

Entonces conocí a alguien que me mostró que existía algo más, una realidad diferente e invisible que nos envolvía a todos desde el principio, aunque no fuéramos conscientes de su existencia. Ese mundo invisible estaba lleno de información y también de soluciones. La vida cobraba sentido si me adentraba en él, y lo hice. Inicié un viaje de autodescubrimiento y también de sanación, que me permitió darme cuenta del origen de mis problemas y asumir mi responsabilidad.

Comprendí que todo se inició el día en que decidí confiar en otros más que mí. Que mis decisiones había marcado el rumbo de mis pasos y que nada de lo que me sucedía era responsabilidad ajena, ni culpa de nadie. Para dejar de culpar a los demás tuve que desactivar primero la culpa que sentía yo. Aceptarme tal como era, con mis virtudes y con mis defectos, y darme cuenta de que, en realidad, todo lo que había vivido me había ayudado a evolucionar. Gracias al aparente error había aprendido a rectificar y había recordado quién era en verdad. Lo recordé cuando llegué al centro del huracán, al conectar con mi alma, el día en que el castillo se derrumbó por completo. Yo lo derrumbé. Nunca vino Dios a sacarme de él. Dios no podía derrumbar lo que había creado yo, porque él confiaba en mí y respetaba mi creación.

Cuando salí al exterior y pude respirar el aire que había fuera, contemplé la belleza que existía más allá de mi mundo oscuro y frío, sentí la caricia de la luz y me pregunté cómo había podido vivir tanto tiempo alejada de aquello. Sentí alegría. Sentí paz. Hacía tanto tiempo que no sentía aquello…

Mis deseos y mis sueños volvieron a hablarme y yo los escuché con claridad. Esta vez dije sí, un sí muy grande, que me dio alas para volar. Ahora me tocaba a mí elegir el rumbo de mi vida y, aunque me aterraba dar algunos pasos y empezar de nuevo sin saber cómo acabaría mi nueva construcción, tenía un gran aliciente para continuar: no quería volver atrás. Necesitaba respirar aquel aire, sumergirme en aquella belleza, bañarme en aquella luz.

Ahora, yo era mi mejor amiga, la persona que me consolaría cuando estuviera triste, el pilar fundamental sobre el que construir mi nueva vida. Mi confianza en mí era básica. Sin ella no podría avanzar. Todo lo que surgiera de mí debía ser tenido en cuenta, porque yo era la arquitecta de mi nueva creación, y esta vez iba a crear un verdadero hogar para mí, un lugar donde me sintiera yo misma y fluyera el amor.  

Lo conseguí, por supuesto. Ese hogar nació el día en que decidí dar los pasos que me pedía el corazón y respetarme por completo, con virtudes y defectos, sola o acompañada, teniendo en cuenta las sugerencias de mi mente, pero sobre todo las señales de mi corazón.

Aprendí así que todo lo que sucedía en mi vida tenía su epicentro en mí, y que si yo creaba desde el amor, el amor fluiría a mi alrededor. Amor a mí misma en primer lugar, para sentirme llena y poder entregarlo a los demás.

Puedo compartir contigo todo esto y mucho más. Puedo mostrarte la senda que yo misma recorrí para volver a confiar en mí. Un artículo se queda corto. Será necesaria tu voluntad. Voluntad para decidir y también para poner en práctica las herramientas que te ofreceré. Yo no puedo decidir por ti, pero sí puedo ayudarte a ver la luz que se enciende en tu castillo oscuro, para mostrarte la salida.
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