Para qué me sirve tener un guía

Para qué me sirve tener un guía
Por Alicia Sánchez Montalbán

Los guías espirituales cumplen una hermosa función a nuestro lado. Nos ayudan a recordar quiénes somos y para qué hemos venido. Su objetivo principal es que confiemos en nosotros mismos y que hagamos caso a la voz del corazón.

Somos sabios en esencia. Nuestra alma conoce el camino a seguir. Cuando permitimos que se exprese desde el corazón hallamos en nuestro interior todas las respuestas. Pero acceder a ellas no resulta fácil cuando vivimos presos del miedo o la desesperación. Emociones como la rabia, la culpa o la apatía nos apartan del equilibrio interior e impiden que conectemos con la voz del corazón.

Si vivimos inmersos en un mar de creencias limitantes seremos pasto de las bajas vibraciones sin cesar. Una y otra vez caeremos en comportamientos que complican nuestras relaciones y enturbian nuestra realidad.

Habitualmente reaccionamos con pensamientos y emociones que proceden del miedo y de la desconfianza, y no del amor. Resulta muy difícil ser amor cuando toda la vida nos hemos dejado llevar por lo contrario. En este punto, la ayuda de los guías puede resultar fundamental, porque ellos nos ofrecen una nueva perspectiva, más amplia y elevada.

Lo primero que sucede al entrar en contacto con un guía espiritual es que la vibración se eleva, porque su energía es el amor e, inmediatamente, sentimos su influencia en nuestro campo áurico. Si nos sentimos tristes o desgraciados, ellos nos ofrecen palabras de consuelo que, poco a poco, van elevando nuestra vibración y sacándonos del pozo de la desolación. Al sentirnos acompañados energéticamente por alguien que nos escucha y nos comprende, nuestros pensamientos de tristeza o rabia empiezan a disolverse.

Acunados por su energía amorosa, pacífica y tierna vamos ampliando paulatinamente la perspectiva: tal vez podamos mirar desde otro prisma lo que nos sucede y a las personas que están implicadas en esa situación; tal vez podamos animarnos a comprender que tienen sus razones para actuar así y que toda situación difícil es una prueba, que se presenta para animarme a superar el miedo y a actuar desde el corazón, recordando que el amor es la llave que abre la puerta de mi liberación.

¿De qué liberarme? De la opresión que representa encarcelar a la voz de mi corazón, para que sólo mi mente pueda decidir. Mi mente no entiende de amor y el amor es la energía que impulsa mi evolución.

Así, los guías nos ayudan a descubrir el poder del amor, impulsándonos a manifestarlo en el mundo con nuestros comportamientos y actitudes. Si hacemos caso de sus consejos, poco a poco vamos comprobando que nuestras vidas mejoran y que recuperamos la paz interna. Desde ese punto nos resulta mucho más fácil escuchar la voz del alma, para que ésta nos muestre el camino a seguir.

Cuando el alma habla y yo la escucho se restaura la unidad en mi interior, porque vuelvo a activar el nexo que une mente y corazón. Cuando mi mente y mi corazón trabajan en equipo, colaborando juntos en una misma dirección, desaparece poco a poco la confusión en mi interior y me convierto en un ser completo, seguro de sí mismo y eficaz. Mis energías creadoras –palabra, pensamiento y acción- actúan como una, y pronto compruebo sus resultados en mi realidad. Empiezo a caminar hacia el destino que me pide el corazón y, así, el alma va logrando materializar su propósito en el mundo, con lo que deja de indicarme que algo no va bien, para empezar a emitir satisfacción.

Cuando emito satisfacción envío una onda expansiva de amor al mundo. Los que me rodean se ven influidos positivamente por mí, porque yo vivo ahora más cercano a la frecuencia del amor, que empieza por el amor a mí mismo.

Este largo camino de regreso al corazón necesita, en muchos casos, de la ayuda diaria de un guía espiritual que nos lo recuerde constantemente. Para desactivar costumbres limitantes y abandonar hábitos nocivos se necesita perseverancia y una dirección. Nuestros guías espirituales nos recuerdan, con paciencia e infinita bondad, que esa dirección es el Amor.

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