El camino a seguir

El camino a seguir
Por Alicia Sánchez Montalbán

Me siento como una piltrafa después de mi encuentro con él. Viene aquí, descarga su artillería sobre mí: miedo, rabia, amenazas, rencor… y yo, aunque intento mantener mi centro y emitir amor, finalmente me desmonto y me echo a llorar, incapaz de soportar el envite de esa energía que proyecta sobre mí.

Soy fuerte, lo sé, pero también soy sensible. Tan sensible que mi corazón llora conmigo al ver la ruindad que un ser humano puede irradiar. Inmediatamente entra mi ego con ese juicio y empiezo a confundirme. Qué cruel, qué mezquino…

Sé que tengo que ser amor y obligo a mi mente a verlo de otro modo: él no sabe hacerlo diferente; se defiende de mí y por eso me ataca; me ve como una amenaza, aunque yo le estoy hablando de amor y de respeto. Le abro mi corazón y me ofrezco a negociar algo en lo que los dos nos sintamos cómodos, pero él quiere salirse con la suya, quedárselo todo; demostrarme que es el más fuerte. Pero la más fuerte, en este momento, soy yo, que sigo aquí, a pesar de que quiero salir corriendo y gritar, porque su energía me hiere. Sigo aquí y me mantengo en mi postura: irradiar amor y respeto. Respirar para serenarme. Volver a mi centro una y otra vez.

Aunque me cueste, ésta de hoy es una gran oportunidad de evolución. Me enfrento de cara a mi enemigo y le miro con amor mientras él proyecta su odio y su rabia contra mí. No me escucha, aunque le digo que no quiero luchar, que estoy dispuesta a llegar a un acuerdo válido para los dos, desde el corazón. El único acuerdo válido para él es salirse con la suya y que yo me lleve la peor parte.

Mi ego se rebela y dice ¡no!, pero una parte de mí me pregunta interiormente: ¿por qué tienes miedo? Es cierto. Temo que vuelva a pisarme, que interprete mi gesto de renuncia como una debilidad y se aproveche. Ya lo ha hecho otras veces…

¿Dónde está el límite entre el respeto a uno mismo y la confianza plena en el poder del amor? Si cedo a todo lo que pide, ¿no estaré dejando de cuidar de mí? ¿No estaré atentando contra mis necesidades básicas y, por tanto, contra el respeto a mi ser? ¿No sería eso una retirada ante el grandullón que quiere invadirlo todo? ¿Es ése el gesto que la vida espera de mí?

Yo quiero ser amor, pero me confundo. ¿Qué espera el amor de mí, en este momento? ¿Que me retire, que me rinda? ¿En qué guerra estoy luchando cuando yo no quiero luchar?

Toma el juguete que para ti es tan importante. Yo me entrego a la vida y confío de verdad. ¿Es eso lo que la vida me pide en este momento? ¿Es ése el deseo de mi corazón? ¿Qué hay que hacer ante “el oscuro”? ¿Dejar que lo invada todo y se salga con la suya, retirándote siempre cuando se quiere imponer?

Me viene a la cabeza la expresión firmeza con amor. Ser firme ante el que pretende invadirte, sin proyectar juicio, ni rabia, ni rencor hacia él, sino todo lo contrario: irradiando amor.

El amor comprende y respeta. El amor permite ser, sin dejar de ser amor, sin transformarse en algo distinto. Yo quiero ser amor pero, para serlo, primero debo respetarme a mí misma. Eso lo he tenido que aprender ya tantas veces que no quiero olvidarlo más.

¿Cómo respetarme a mí misma y a él en esta situación? Se me ocurre conectar con mi corazón para hallar una respuesta, porque mi mente se confunde con facilidad objetando esto y aquello. Me detengo un momento y conecto con mi luz interna.

Mi alma me muestra que el camino del corazón es el único que me liberará de este yugo; este yugo que es una guerra en la que yo ya no quiero participar. Veo ese camino ante mí, una senda dorada que parte de mi corazón y me conduce a una explanada de luz, donde él y yo nos encontramos y le digo lo que siento sin temor. Mirándolo a los ojos con respeto y con amor.

-No puedo hacer eso que me pides porque, entonces, estaría dejando de cuidar de mí. Pero sí puedo hacer esto (…), que es lo máximo a lo que, en este momento, puedo llegar. Si te sirve podemos llegar a un acuerdo. Si no, yo me retiro de esta guerra. No voy a luchar contigo, aunque si me atacas me obligarás a protegerme de ti. Tú decides: atacarme para conseguir más de lo que yo puedo ofrecerte o aceptar un acuerdo hoy. Un acuerdo que puede mejorar en el futuro, a medida que ambos aprendamos a convivir con esta situación y a respetarnos.

La visión me produce un suspiro. Siento alivio. Es mi señal interna.

Ya sé cuál es el camino a seguir.

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