Para llenar el vacío interior

Para llenar el vacío interior
Por Alicia Sánchez Montalbán

Cada uno es responsable de su propio vacío y debe encontrar la forma de llenarlo con amor. De nada sirve acusar al otro, buscar afuera la causa de cualquier dolor. El dolor procede de la falta de amor a uno mismo. Si te amas y te respetas a ti mismo no te dejas arrastrar por la desesperación, cuando otros hacen cosas que te hieren.

El amor a ti mismo te mantiene en la serenidad, en la paz interna, porque no cuestionas tu valía cuando otros lo hacen, no te juzgas cuando otros te critican, ni das crédito a lo que ellos proyectan sobre ti. El amor a ti mismo sana todas tus heridas, porque las llena de luz, cada vez que decides enfocarte en ti antes que en los demás, desde la perspectiva apropiada: no importa lo que hicieron otros; importa cómo lo afrontes tú. Puedes sumergirte en el mar oscuro de la desolación, creyendo que ellos tienen parte de razón, aunque esa creencia sea inconsciente, o puedes creer en ti y darte cuenta de que tus actos fueron perfectos, porque eran exactamente los que pudiste y supiste hacer en ese momento.

Eso no quiere decir que no debas responsabilizarse de ellos, pedir disculpas si llegaste a herir, aclarando que no era esa tu intención. Pero pedir disculpas no es lo mismo que considerarse culpable o malo o errado. Esto último procede del desamor, desamor a uno mismo, y es una gran fuente de conflictos y de dolor.

La culpabilidad nos aprisiona en la creencia de que merecemos un castigo. La responsabilidad nos lleva a reparar el daño causado sin querer. Esa reparación puede ser un simple: “Lo siento. No era mi intención.” Para ser efectivas, esas palabras deben nacer del corazón, sin que las acompañe ningún sentimiento de culpa o de reproche, porque entonces el mensaje se confundirá y el conflicto se agravará. Sin duda, la otra persona lo percibirá y dudará de nuestra sinceridad.

El amor a uno mismo evita el juicio interno, y ese es el primer paso para dejar de juzgar a los demás. Cuando me siento en paz conmigo mismo y me respeto, no necesito juzgar a los demás, porque comprendo que, si mis actos son perfectos, los del otro lo son también. Cada uno avanza y resuelve como sabe y puede. ¿Quién soy yo para opinar si lo que hacen otros está bien o está mal? ¿Qué sé yo acerca de ellos y de sus circunstancias? Cómo creció, qué vivió, qué aprendió…

Sólo puedo conocerme a mí mismo, atreviéndome a mirar en mi interior, para ir descubriendo poco a poco la belleza qué hay en mí. Una belleza que va más allá de mis actos procedentes de la dualidad. Una belleza que supera cualquier juicio o crítica que yo mismo u otros proyectemos sobre mí. Esa belleza está en el alma; cuando conecto con ella puedo ver, a través de sus ojos, la realidad. Y entonces me doy cuenta de que todo es perfecto, en verdad; de que esta vida es un juego, en el que todos estamos implicados. Jugamos a descubrir nuestra verdad. En la partida, a veces, herimos a otros sin querer o no sentimos heridos, cuando esperamos que ellos nos ayuden a ganar y no lo hacen. No pueden hacerlo. Están ocupados intentando ganar ellos mismos la jugada. En ese tira y afloja nos perdemos una y otra vez, por que no nos damos cuenta de que no se gana con competitividad, sino con amor y respeto.

Amor y respeto hacia uno mismo, en primer lugar, para poder mirar adentro sin temor, sin culpabilidad, dispuestos a descubrir que, más allá de las capas tensas que creó el dolor, tenemos un alma eterna y pura que conoce perfectamente las reglas de este juego y que sabe cómo ganar sin sentirse herida y sin herir. Ella sabe que, en este juego, no se trata de competir sino de apoyarse mutuamente, para que cada uno descubra su verdad. De ese modo, al final resulta que ganamos todos, y el alma de cada ser puede expandirse, iluminar el mundo, llenar de luz su realidad.

El premio es inmenso, es infinito. Sólo hay que abandonar la lucha para llegar a él. Salir del círculo vicioso en el que nos hemos quedado atrapados sin querer. Ocuparnos de sanar nuestras heridas, con respeto y amor hacia nosotros mismos. Dejando de mirar al otro como a un competidor. Ese es el principio de la senda que nos conducirá hasta nuestra verdad, el verdadero premio, la auténtica meta. En ella, no tiene sentido la lucha, porque todo es unidad.

Si quieres avanzar hacia ella, dando el primer paso hacia tu propia verdad, te esperamos en el próximo curso 

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